viernes, 22 de octubre de 2010

Capítulo I

Era una pequeña cabañita de madera, coloreada de un sucio gris por los constantes e inmisericordes azotes del clima. A simple vista tenía el aspecto de una morada abandonada hace mucho tiempo, mas en el ambiente podía notarse un leve dejo de vida, a pesar de que algunas de las tejas faltantes en el techo se encontraban aún esparcidas por los alrededores, sin que nadie se hubiera dado el trabajo de recogerlas para volver a colocarlas en su sitio o, por lo menos, con el fin de que no siguieran estorbando al paso. La chimenea de piedra que se erguía a su costado estaba media torcida y en evidente estado de descuido. Algunas de las piedras que en tiempos pasados formaron parte de la solitaria columna ahora hacían compañía a las tejas tiradas en el suelo. Las ventanas se encontraban firmemente cerradas y le daban a la casa el aspecto de una gran bestia envejecida y con los ojos eternamente cerrados. Un hacha cuidadosamente afilada se encontraba clavada en el tronco de un árbol próximo a la cabaña y junto a muchos atados de leña apoyados contra una pared evidenciaban que alguien se encontraba habitando la precaria vivienda.

La cabaña se encontraba rodeada de un espeso bosque de eucaliptos, cuyo suelo estaba casi en su totalidad cubierto de hojas secas y cortezas que servían de morada a una infinita variedad de insectos y animalejos, y que oscilaban de tanto en tanto con las súbitas arremetidas de frías ráfagas de viento que se paseaban silbando suavemente entre los árboles, anunciando a viva voz la pronta e inexorable llegada de un invierno déspota. La frondosa vegetación no daba cabida a ninguna clase de camino o sendero visible, por lo que el pequeño claro en el que la vivienda se encontraba tenía el aspecto de estar desconectado del resto del mundo, protegido por la fuerza de la fiera naturaleza del lugar.

El ocaso teñía de un intenso color dorado las copas semidesnudas de la densa arboleda, cuando Velasco apareció por entre las ramas de la casi impenetrable vegetación. Era un muchacho delgado y de aspecto enclenque, que sin embargo mostraba desplante en su postura. Su graso y oscuro cabello castaño caía sobre su frente como dos finas cortinas que alcanzaban ligeramente la línea de sus ojos, mientras su caída y lacia melena rozaba el cuello de su amarillenta camisa blanca de lino. No portaba nada más que un revólver enfundado en un ancho cinturón de cuero. Las hojas secas crujían bajo las pisadas de sus pesadas botas negras mientras caminaba resueltamente hacia la descuidada cabaña.

A medida que se aproximaba a la casa, comenzaba a volverse más audible el sonido de una exaltada discusión que tenía lugar en su interior. Se acercó con cautela y de manera silenciosa a la puerta y apoyó un oído contra ella, con la intención de oír mejor lo que exclamaban las personas que peleaban. Como no hubo manera de entender bien lo que decían producto de la insonorización de la gruesa puerta de madera, desenfundó el revólver y abrió la puerta con una potente patada, tomando el arma con ambas manos y apuntando inmediatamente hacia el interior.

Dentro vio a dos hombres jóvenes enfrentados, uno de los cuales esgrimía contra su adversario un delgado sable plateado. El espadachín era un hombre moreno, de la misma estatura que su oponente, pero con una mirada más fiera, resaltada por sus oscuros ojos cafés. Su crespo cabello azabache estaba totalmente echado hacia atrás, a excepción de un mechón rizado y húmedo de sudor que caía sobre su frente. Solamente él dirigió su mirada al recién llegado una vez que éste irrumpió en la habitación única de la cabaña. Una cólera tempestuosa podía leerse en sus ojos, mas sus rasgos no denotaban expresión alguna. Su contrincante, un muchacho de cabello castaño claro, igual de crespo pero más desordenado, mostraba una falsa seriedad muy similar, pero sus ojos delataban un miedo seco, signo de que era conciente de lo que su oponente era capaz de hacer. Sus mejillas coloradas y el sudor de ambos evidenciaban la intensidad previa de la discusión interrumpida.

Velasco bajó el arma lentamente al estar seguro de que nadie realizaría una acción brusca e imprudente y avanzó al interior de la cabaña, mientras el resto permanecía inmóvil.

-Velasco… llegas tarde, mas en un muy buen momento.- dijo el moreno con voz grave, dirigiendo nuevamente la mirada al sujeto desarmado.

-¿Qué sucede aquí Rodrigo?- inquirió Velasco.

-Hernán aquí presente ha decidido sobrepasar mis límites y mi paciencia en maneras que no puedes imaginar. Nadie vive para contar el haberse burlado así de mí.- dijo Rodrigo conteniendo la ira acumulada en su pecho.

-¡Estás exagerando desmesuradamente! Es mi deber como tu amigo abrirte los ojos al mundo de la verdad. La realidad allá afuera no lo es como en esta cabaña.- dijo Hernán tranquilamente, casi arrastrando las palabras, como si hubiese estado aburrido de la situación y tratase de hacer entender a un niño pequeño lo que quería decir.

-¡Tú no eres amigo mío! Y aunque lo fueras, no tienes ningún derecho a meterte en mis asuntos ¡Yo no te otorgo el mierdoso derecho! Aunque el mundo fuese distinto a mi cabaña, cuando la traiga a vivir aquí tu argumento carecerá totalmente de sentido.- exclamó Rodrigo ya sin ser capaz de contener su enfado.

Hizo un ademán de blandir el sable contra Hernán, pero Velasco levantó rápidamente el revólver hacia Rodrigo y montó el percutor del arma con un sonoro clic.

-No te muevas.- Dijo serenamente. –Hernán tiene toda la razón del mundo.-

Rodrigo bajó el sable con lentitud mirando incrédulo a Velasco, mas pronto su asombro fue sucedido por una nueva y más grande oleada de furia, avivada por la amarga puñalada de la traición.

-¿También tú?- rugió - ¿Cuántos amigos más se volverán contra mía hoy? ¿Cuántos más como ustedes, seres viperinos?-

-Rodrigo, tú no tienes la facultad de hacer reglas, tú no tienes ninguna clase de poder sobre nosotros. Si deseamos estar con ella, ni tú, ni tu tonta cabaña podrán impedirlo.- le dijo Velasco con férrea determinación. –Acepta la realidad de este mundo.

Rodrigo bajó la cabeza unos momentos, dando la impresión de que estaba llorando, mas cuando levantó la mirada su ira había dado lugar a una fría y calculadora expresión de amargura, la cual también expresó en su voz.

-¿Hablando de realidad es como destruyes nuestra amistad de años?- dijo Rodrigo tensando todos los músculos de su cuerpo. –Pues también es como acabas con tu vida.-

Lo que aconteció inmediatamente después sucedió tan vertiginosamente rápido y de manera tan repentina que, muchos años más tarde, ni Hernán ni Rodrigo podrían haber hecho un relato preciso de aquel instante.

El sable de Rodrigo resplandeció como un relámpago anaranjado reflejando la luz del atardecer que entraba por la puerta abierta, mientras viajaba por el aire y trazaba un profundo y doloroso tajo desde el codo hasta la muñeca del brazo derecho de Velasco. El herculano golpe destrozó músculos, tendones y hueso, mas no fue lo suficientemente raudo como para evitar que Velasco tirara del gatillo de su arma antes de dejarla caer.

Producto del golpe, la trayectoria del disparo fue cambiada, y en lugar de herir a Rodrigo, el tiro impactó de lleno en el costado izquierdo de Hernán, quien cayó al suelo con un gemido y envuelto en sangre. Rodrigo no cesó su feroz arremetida, y levantando nuevamente su sable, silenció el grito de dolor de Velasco espetándole la hoja de su arma hasta la mitad en la garganta. Con los ojos oscuros implacablemente clavados en la mirada suplicante de Velasco, Rodrigo retiró el sable, permitiendo la salida del copioso flujo de sangre escarlata. El muchacho de opaco cabello castaño cayó al suelo, con las manos vanamente alrededor de su cuello, en un desesperado intento de detener la salida del vital fluido. Pero antes de que hubiese pasado un minuto, se desangró hasta morir. Rodrigo lo miró fijamente hasta el último segundo, sin pestañear y sin moverse, sin siquiera mostrar una expresión en su rostro severo. Luego, se volvió para mirar a Hernán, pero éste había desaparecido sin hacer ningún ruido, y una de las ventanas se encontraba abierta.

No tenía ninguna intención de cazarlo. Tomó el revólver del suelo y lo escondió detrás del único cuadro de la habitación, un naranjo dibujo de un paisaje otoñal. Encendió un par de lámparas de aceite, tomó una pala toscamente manufacturada de un gran armario en un rincón de la casa y se dispuso a sepultar el cadáver en el bosque, con una amarga pero satisfactoria sensación de venganza bailando en su paladar.

martes, 10 de agosto de 2010

Pánico

El tipo corría lo más rápido que sus piernas podían aguantar. Con cada zancada que daba, sentía que su corazón estaba un paso más cerca de saltar de su pecho. Su camisa rajada permitía entrever una profunda herida sobre su hombro izquierdo, la cual sangraba copiosamente y teñía de color escarlata los andrajos de su blanca camisa.
Otro reguero de sangre, más pequeño pero igualmente copioso, caía desde una herida oculta por su crespo cabello azabache y empapaba sus cejas pobladas, dificultándole la visión. Mas en ese momento, ver no era tan importante como seguir corriendo, alejarse de esa pesadilla, vivir, sobrevivir. Mientras escapaba pensó fugazmente en quienes dejaría atrás si perecía, y una repentina punzada de tristeza y melancolía recorrió su mente, como un relámpago de súbita cordura en un cielo del más puro y desesperante pánico.
Miró hacia atrás, y no vio nada más que soledad, por lo que aminoró la marcha. Su tez morena se había emblanquecido considerablemente por la pérdida del vital líquido carmesí, que su acelerado corazón continuaba bombeando poderosamente presa del terror.
Un sonido tenue a sus espaldas lo hizo ponerse nuevamente en guardia, y al voltear se encontró de frente con una blanca muchacha de largo cabello rizado.
-¿Tú?- Preguntó con extrañeza el sujeto. -¿Qué haces aquí?-
Como única respuesta, la chica alzó contra él un revolver de cañón largo. Una explosión de ingenua sorpresa mezclada con pánico apareció en el rostro del muchacho en el momento en que la bala perforó el centro de su cráneo.

jueves, 29 de julio de 2010

Mía

Mía. Mía. Mía. La sensación me embriaga de manera similar a como lo haría un buen vino envenenado tenuemente. Un creciente malestar recorre mis entrañas con fulminante lentitud, mientras mi cabeza pierde inexorablemente el conocimiento de mi mismo y se entrega a una ira dulce y silenciosa. Carente de todo sentimiento antes vivenciado, deambulo por los pasillos y las salas como un espectro, serio en la mirada y tempestuoso en el alma. Mía. Mía. Mía. Todos caminan, ríen, juegan, inadvertidos del espíritu envenenado que los observa deseando ser como ellos, deseando jamás haber amado. La serpiente del odio se retuerce dentro de mi como una prisionera deseando escapar, deseando salir y morder, contagiar el veneno que me asesina desde el interior, como una necesidad de borrar aquellas sonrisas que me rodean y que me veo obligado a responder cínicamente. Mía. Mía. ¡Mía! ¡Ella es mía! ¿Como osan siquiera posar sus miradas sobre su resplandeciente cabello? ¿Como pueden ser tan temerarios para deleitarse con su figura? ¿Como tienen las agallas para desear su compañía? Y, sin embargo, todos quienes me rodean tienen esa cara, esa cara de osadía. ¡Su cara! ¡El rostro de Él! ¡Él! ¡Con quien ella está ahora! Mis manos pierden el color y mi rostro se vuelve lívido de ira, a medida que ambos se acercan alegremente a saludarme, con esa cínica sonrisa de infame valentía. Mas su cinismo no es rival para la sonrisa cargada de hipocresía con la cual correspondo a su saludo, y de paso, asesino con fría crueldad mi dignidad y orgullo, entregándome una vez más a la humillación.

Ella

Mirada con mirada, beso con beso, mi corazón se acelera y alcanza un ritmo fuera de toda imaginación. Con incontenible desesperación se retuerce y golpea con fiereza dentro de mi pecho, el cual retumba con cada latido, cada clamor por compasión. Su esencia completa mis sentidos y los sensibiliza hasta niveles verdaderamente insoportables. Todo se vuelve más intenso, más poderoso. Mis manos cálidas recorren su figura, deteniéndose dolorosamente al límite del pecado, como dos caballos briosos detenidos de manera súbita por las riendas en pleno galope. Mis labios vacilan, temerosos de perder la cordura de un beso romántico, mientras cierro con fuerza mis ojos, tratando de mantener fuera de ellos esa roja bruma que comienza a nublarme la vista. Mi cuerpo completo se estremece al compás de mi pobre corazón agobiado que cada momento late más veloz, mientras trato de mantener el gobierno sobre mi mismo. Mi mente se pierde... Se pierde bajo el poder aplastante de aquella otra mente, de esa esencia que impregna mis sentidos. Mi cordura completa es reemplazada por Ella, y por nada más que Ella. Mis músculos tensos aúllan con desesperación, y junto a mi corazón prisionero, claman a mi temple la capitulación. Mas triunfa la calma serena y el juego de tensión es llevado a una breve tregua, en la cual mi ser entero suspira con resignada derrota.

jueves, 17 de junio de 2010

Countback

¡Rápido! ¡Rápido! ¡No hay tiempo! ¡No queda tiempo!
A paso apresurado, adelantó a una gigantesca mujer que abarcaba casi la totalidad del pasillo, sin estar totalmente ni a la izquierda ni a la derecha, si no que justo en medio y sin dejar espacio suficiente a ninguno de sus costados, caminando tortuosamente lento, como si disfrutara retrasando a quienes ya no debían retrasarse más.
"¡La pista derecha es para vehículos pesados!" exclamó con enojo al pasar dificultosamente por el lado d la gorda, quien ni siquiera con sus apagados refunfuños pudo alcanzar al raudo muchacho, quien en un abrir y cerrar de ojos se había perdido al dar la vuelta en la esquina de la tienda de lencería femenina.
Cruzó rápidamente por entre el mar de gente que inundaba la estación de trenes. ardiéndole las pantorrillas por el paso rápido y constante, bajó mecánicamente la escalera que se presentó ante él, casi sin darse cuenta de lo que hacía. Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y extrajo la credencial que le permitió el acceso al subterráneo. Siguió con su paso acelerado y constante, con una creciente sensación de angustia en el pecho, que le cortaba la respiración cada vez más y más... Cada dos segundos consultaba su reloj, con la vana esperanza de que el tiempo se detuviera, o por lo menos aminorara su veloz e inexorable paso ¡Pues ya no había tiempo! ¡No! ¡No!
Después de lo que pareció una eternidad, llegó al lugar de su destino, donde se encontró con su reflejo cara a cara, en los muchos espejos que ahí se encontraban. Centró su atención lejos de todo ello y clavó la mirada en dos espectaculares fuentes de luz y belleza, que resplandecían como joyas ambarinas. Con la mirada aún clavada en los ojos de la muchacha, y sintiendo un alivio abrumador, dijo con un suspiro "Perdón por el atraso Pequeña"

lunes, 31 de mayo de 2010

Nostalgia Predeterminada

No soy muy bueno para los cuentos y cosas de esa índole... Así que por el momento me limitaré a escribir burradas sobre las tonteras que hay en mi mente, hasta que de la nada salga otro cuento para publicarlo aquí ;D
¿Han sentido que de pronto, todo comienza a llegar a un final?
Tarde o temprano todo se acaba ¿No? Igual que LOST... ¡Seis años seguí esa serie con emoción e intriga! Viendo capítulos con mi familia, haciendo predicciones entre todos, esperando expectantes los finales de temporada... Y terminó. Se acabó. No saldrá más... ¡Lloré con el final! Pero quedé conforme... Todo se resume a darle un buen final a las cosas ¿Verdad? Cuando termina en un final feliz, o en un final a la altura de algo genial, uno queda conforme y se siente bien luego del término.
¡Y es que de eso se trata todo! De terminar bien... De los finales felices. De los finales finalizados. Estoy ya en 4to Medio... Y siento que el tiempo pasa volando, que el mundo está comenzando a girar ¡Y no me siento preparado! ¡Es muy pronto aún! Para cuando este año termine, no volveré jamás a ser un alumno del Instituto Nacional... No volveré a llegar tarareando a esa salita en el sector 1, no volveré a pararme en el balcón mirando al zócalo y recibiendo el frescor de la mañana ¡Cuánto me gusta eso..! No volveré a sacar fotos con mis amigos, ni a ver a los muchachos haciendo burradas o jugando póquer en la parte de atrás de la sala...
No se pueden imaginar como voy a extrañar esas cosas tan simples... ¡Es el fin de toda una etapa en mi vida! Apenas y puedo imaginarme como universitario.. Dependiendo de mi mismo y sin ser parte de un curso.. De un grupo...
Pero tal y como en LOST, lo que importa es darle un buen final.. Un final a la altura. ¡Disfrutar este último año, y dejar un recuerdo increíble para toda la vida!
¡Y pasa lo mismo en todo orden de cosas! Todo termina.. ¡Incluso la vida! Hay una persona que siempre me dice que la vida no tiene un final feliz, porque todos terminan muriendo. ¿Y no puede ser eso un final feliz? ¿No podemos terminar la vida sabiendo que vivimos plenamente, que dejamos un buen legado y que fuimos felices junto a quienes amamos? Para mi eso sería un final feliz.. Un final perfecto. Y aunque suene muy peliculesco... "La muerte no es más que la siguiente gran aventura"
¡Enfrentar todo con ánimo y optimismo! La vida es corta, y todo se termina... ¿Que podemos hacer al respecto? ¡Nada! Salvo disfrutar lo que tenemos, vivir el presente, y construir nuestro futuro con dedicación, entusiasmo y perseverancia.
Se acabó el tiempo de amargura... Mr. Walking In The Sun está de vuelta ;D

martes, 25 de mayo de 2010

Viaje a la Vida

Despierto envuelto en sábanas ligeras. La temperatura ambiental me indica que la mañana ya a avanzado bastante. Lo primero que pienso es que estoy de vacaciones, por lo que no me agobia la necesidad de levantarme. Aún no abro los ojos, pero poco a poco la conciencia vuelve a mi. No me quiero mover aún. Levanto lentamente los párpados, y lo primero que enfoco son unos hermosos ojos claros mirándome detenidamente desde el extremo opuesto de la almohada. Acerco mi rostro y la beso suavemente, murmurando "Buenos días mi amor". Luego de unos momentos para despertar completamente, me levanto, me ducho, me coloco mi mejor camisa, mis pantalones favoritos, unos zapatos bien lustrados y de una repisa tomo un pequeño frasco con letras gravadas que rezan "Diavolo". La colonia que tanto le gusta a ella, y de la cual tan sólo restaban algunas gotas. Era el momento de usarlo, pues ese era un día muy especial.
Mientras ella aún estaba en la ducha, preparé el desayuno con la mayor dedicación que pude, y dispuse todo de la manera más romántica que mi loca mente pudo concebir. Cuando se presentó ante mi, lucía aún más radiante que de costumbre, si es que podía ser. Tan bella, tan perfecta. Me acerqué y la besé apasionadamente. Desayunamos sin poder quitarnos los ojos de encima, como dos adolescentes recién enamorados.
Salimos a pasear en la relativamente fría mañana de septiembre. Recorrimos los lugares por lo que solíamos pasear cuando eramos más jóvenes. Llegamos finalmente a una pequeña plaza cerca del metro Los Héroes, riendo y jugando como es nuestra costumbre. Nunca se es muy adulto como para no poder disfrutar caminando al revés.
Nos detuvimos de pie contemplando la plaza, con una sensación de añoranza palpitando en el pecho. Ambos reconocíamos perfectamente el lugar, y ambos recordábamos perfectamente aquella tarde, exactamente 15 años atrás. Valía más que la pena el viaje hasta Chile tan solo por estar de pie ahí, juntos, recordando, justamente en ese día.
Voltié para mirarla, y ella hizo lo mismo. Nos miramos, invadiendo como siempre el espacio personal del otro, y tragandome el nudo de emoción que se había formado en mi garganta, susurré lentamente... "Feliz Aniversario Francisca"