Era una pequeña cabañita de madera, coloreada de un sucio gris por los constantes e inmisericordes azotes del clima. A simple vista tenía el aspecto de una morada abandonada hace mucho tiempo, mas en el ambiente podía notarse un leve dejo de vida, a pesar de que algunas de las tejas faltantes en el techo se encontraban aún esparcidas por los alrededores, sin que nadie se hubiera dado el trabajo de recogerlas para volver a colocarlas en su sitio o, por lo menos, con el fin de que no siguieran estorbando al paso. La chimenea de piedra que se erguía a su costado estaba media torcida y en evidente estado de descuido. Algunas de las piedras que en tiempos pasados formaron parte de la solitaria columna ahora hacían compañía a las tejas tiradas en el suelo. Las ventanas se encontraban firmemente cerradas y le daban a la casa el aspecto de una gran bestia envejecida y con los ojos eternamente cerrados. Un hacha cuidadosamente afilada se encontraba clavada en el tronco de un árbol próximo a la cabaña y junto a muchos atados de leña apoyados contra una pared evidenciaban que alguien se encontraba habitando la precaria vivienda.
La cabaña se encontraba rodeada de un espeso bosque de eucaliptos, cuyo suelo estaba casi en su totalidad cubierto de hojas secas y cortezas que servían de morada a una infinita variedad de insectos y animalejos, y que oscilaban de tanto en tanto con las súbitas arremetidas de frías ráfagas de viento que se paseaban silbando suavemente entre los árboles, anunciando a viva voz la pronta e inexorable llegada de un invierno déspota. La frondosa vegetación no daba cabida a ninguna clase de camino o sendero visible, por lo que el pequeño claro en el que la vivienda se encontraba tenía el aspecto de estar desconectado del resto del mundo, protegido por la fuerza de la fiera naturaleza del lugar.
El ocaso teñía de un intenso color dorado las copas semidesnudas de la densa arboleda, cuando Velasco apareció por entre las ramas de la casi impenetrable vegetación. Era un muchacho delgado y de aspecto enclenque, que sin embargo mostraba desplante en su postura. Su graso y oscuro cabello castaño caía sobre su frente como dos finas cortinas que alcanzaban ligeramente la línea de sus ojos, mientras su caída y lacia melena rozaba el cuello de su amarillenta camisa blanca de lino. No portaba nada más que un revólver enfundado en un ancho cinturón de cuero. Las hojas secas crujían bajo las pisadas de sus pesadas botas negras mientras caminaba resueltamente hacia la descuidada cabaña.
A medida que se aproximaba a la casa, comenzaba a volverse más audible el sonido de una exaltada discusión que tenía lugar en su interior. Se acercó con cautela y de manera silenciosa a la puerta y apoyó un oído contra ella, con la intención de oír mejor lo que exclamaban las personas que peleaban. Como no hubo manera de entender bien lo que decían producto de la insonorización de la gruesa puerta de madera, desenfundó el revólver y abrió la puerta con una potente patada, tomando el arma con ambas manos y apuntando inmediatamente hacia el interior.
Dentro vio a dos hombres jóvenes enfrentados, uno de los cuales esgrimía contra su adversario un delgado sable plateado. El espadachín era un hombre moreno, de la misma estatura que su oponente, pero con una mirada más fiera, resaltada por sus oscuros ojos cafés. Su crespo cabello azabache estaba totalmente echado hacia atrás, a excepción de un mechón rizado y húmedo de sudor que caía sobre su frente. Solamente él dirigió su mirada al recién llegado una vez que éste irrumpió en la habitación única de la cabaña. Una cólera tempestuosa podía leerse en sus ojos, mas sus rasgos no denotaban expresión alguna. Su contrincante, un muchacho de cabello castaño claro, igual de crespo pero más desordenado, mostraba una falsa seriedad muy similar, pero sus ojos delataban un miedo seco, signo de que era conciente de lo que su oponente era capaz de hacer. Sus mejillas coloradas y el sudor de ambos evidenciaban la intensidad previa de la discusión interrumpida.
Velasco bajó el arma lentamente al estar seguro de que nadie realizaría una acción brusca e imprudente y avanzó al interior de la cabaña, mientras el resto permanecía inmóvil.
-Velasco… llegas tarde, mas en un muy buen momento.- dijo el moreno con voz grave, dirigiendo nuevamente la mirada al sujeto desarmado.
-¿Qué sucede aquí Rodrigo?- inquirió Velasco.
-Hernán aquí presente ha decidido sobrepasar mis límites y mi paciencia en maneras que no puedes imaginar. Nadie vive para contar el haberse burlado así de mí.- dijo Rodrigo conteniendo la ira acumulada en su pecho.
-¡Estás exagerando desmesuradamente! Es mi deber como tu amigo abrirte los ojos al mundo de la verdad. La realidad allá afuera no lo es como en esta cabaña.- dijo Hernán tranquilamente, casi arrastrando las palabras, como si hubiese estado aburrido de la situación y tratase de hacer entender a un niño pequeño lo que quería decir.
-¡Tú no eres amigo mío! Y aunque lo fueras, no tienes ningún derecho a meterte en mis asuntos ¡Yo no te otorgo el mierdoso derecho! Aunque el mundo fuese distinto a mi cabaña, cuando la traiga a vivir aquí tu argumento carecerá totalmente de sentido.- exclamó Rodrigo ya sin ser capaz de contener su enfado.
Hizo un ademán de blandir el sable contra Hernán, pero Velasco levantó rápidamente el revólver hacia Rodrigo y montó el percutor del arma con un sonoro clic.
-No te muevas.- Dijo serenamente. –Hernán tiene toda la razón del mundo.-
Rodrigo bajó el sable con lentitud mirando incrédulo a Velasco, mas pronto su asombro fue sucedido por una nueva y más grande oleada de furia, avivada por la amarga puñalada de la traición.
-¿También tú?- rugió - ¿Cuántos amigos más se volverán contra mía hoy? ¿Cuántos más como ustedes, seres viperinos?-
-Rodrigo, tú no tienes la facultad de hacer reglas, tú no tienes ninguna clase de poder sobre nosotros. Si deseamos estar con ella, ni tú, ni tu tonta cabaña podrán impedirlo.- le dijo Velasco con férrea determinación. –Acepta la realidad de este mundo.
Rodrigo bajó la cabeza unos momentos, dando la impresión de que estaba llorando, mas cuando levantó la mirada su ira había dado lugar a una fría y calculadora expresión de amargura, la cual también expresó en su voz.
-¿Hablando de realidad es como destruyes nuestra amistad de años?- dijo Rodrigo tensando todos los músculos de su cuerpo. –Pues también es como acabas con tu vida.-
Lo que aconteció inmediatamente después sucedió tan vertiginosamente rápido y de manera tan repentina que, muchos años más tarde, ni Hernán ni Rodrigo podrían haber hecho un relato preciso de aquel instante.
El sable de Rodrigo resplandeció como un relámpago anaranjado reflejando la luz del atardecer que entraba por la puerta abierta, mientras viajaba por el aire y trazaba un profundo y doloroso tajo desde el codo hasta la muñeca del brazo derecho de Velasco. El herculano golpe destrozó músculos, tendones y hueso, mas no fue lo suficientemente raudo como para evitar que Velasco tirara del gatillo de su arma antes de dejarla caer.
Producto del golpe, la trayectoria del disparo fue cambiada, y en lugar de herir a Rodrigo, el tiro impactó de lleno en el costado izquierdo de Hernán, quien cayó al suelo con un gemido y envuelto en sangre. Rodrigo no cesó su feroz arremetida, y levantando nuevamente su sable, silenció el grito de dolor de Velasco espetándole la hoja de su arma hasta la mitad en la garganta. Con los ojos oscuros implacablemente clavados en la mirada suplicante de Velasco, Rodrigo retiró el sable, permitiendo la salida del copioso flujo de sangre escarlata. El muchacho de opaco cabello castaño cayó al suelo, con las manos vanamente alrededor de su cuello, en un desesperado intento de detener la salida del vital fluido. Pero antes de que hubiese pasado un minuto, se desangró hasta morir. Rodrigo lo miró fijamente hasta el último segundo, sin pestañear y sin moverse, sin siquiera mostrar una expresión en su rostro severo. Luego, se volvió para mirar a Hernán, pero éste había desaparecido sin hacer ningún ruido, y una de las ventanas se encontraba abierta.
No tenía ninguna intención de cazarlo. Tomó el revólver del suelo y lo escondió detrás del único cuadro de la habitación, un naranjo dibujo de un paisaje otoñal. Encendió un par de lámparas de aceite, tomó una pala toscamente manufacturada de un gran armario en un rincón de la casa y se dispuso a sepultar el cadáver en el bosque, con una amarga pero satisfactoria sensación de venganza bailando en su paladar.

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