Otro reguero de sangre, más pequeño pero igualmente copioso, caía desde una herida oculta por su crespo cabello azabache y empapaba sus cejas pobladas, dificultándole la visión. Mas en ese momento, ver no era tan importante como seguir corriendo, alejarse de esa pesadilla, vivir, sobrevivir. Mientras escapaba pensó fugazmente en quienes dejaría atrás si perecía, y una repentina punzada de tristeza y melancolía recorrió su mente, como un relámpago de súbita cordura en un cielo del más puro y desesperante pánico.
Miró hacia atrás, y no vio nada más que soledad, por lo que aminoró la marcha. Su tez morena se había emblanquecido considerablemente por la pérdida del vital líquido carmesí, que su acelerado corazón continuaba bombeando poderosamente presa del terror.
Un sonido tenue a sus espaldas lo hizo ponerse nuevamente en guardia, y al voltear se encontró de frente con una blanca muchacha de largo cabello rizado.
-¿Tú?- Preguntó con extrañeza el sujeto. -¿Qué haces aquí?-
Como única respuesta, la chica alzó contra él un revolver de cañón largo. Una explosión de ingenua sorpresa mezclada con pánico apareció en el rostro del muchacho en el momento en que la bala perforó el centro de su cráneo.

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