jueves, 29 de julio de 2010

Mía

Mía. Mía. Mía. La sensación me embriaga de manera similar a como lo haría un buen vino envenenado tenuemente. Un creciente malestar recorre mis entrañas con fulminante lentitud, mientras mi cabeza pierde inexorablemente el conocimiento de mi mismo y se entrega a una ira dulce y silenciosa. Carente de todo sentimiento antes vivenciado, deambulo por los pasillos y las salas como un espectro, serio en la mirada y tempestuoso en el alma. Mía. Mía. Mía. Todos caminan, ríen, juegan, inadvertidos del espíritu envenenado que los observa deseando ser como ellos, deseando jamás haber amado. La serpiente del odio se retuerce dentro de mi como una prisionera deseando escapar, deseando salir y morder, contagiar el veneno que me asesina desde el interior, como una necesidad de borrar aquellas sonrisas que me rodean y que me veo obligado a responder cínicamente. Mía. Mía. ¡Mía! ¡Ella es mía! ¿Como osan siquiera posar sus miradas sobre su resplandeciente cabello? ¿Como pueden ser tan temerarios para deleitarse con su figura? ¿Como tienen las agallas para desear su compañía? Y, sin embargo, todos quienes me rodean tienen esa cara, esa cara de osadía. ¡Su cara! ¡El rostro de Él! ¡Él! ¡Con quien ella está ahora! Mis manos pierden el color y mi rostro se vuelve lívido de ira, a medida que ambos se acercan alegremente a saludarme, con esa cínica sonrisa de infame valentía. Mas su cinismo no es rival para la sonrisa cargada de hipocresía con la cual correspondo a su saludo, y de paso, asesino con fría crueldad mi dignidad y orgullo, entregándome una vez más a la humillación.

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