jueves, 29 de julio de 2010

Ella

Mirada con mirada, beso con beso, mi corazón se acelera y alcanza un ritmo fuera de toda imaginación. Con incontenible desesperación se retuerce y golpea con fiereza dentro de mi pecho, el cual retumba con cada latido, cada clamor por compasión. Su esencia completa mis sentidos y los sensibiliza hasta niveles verdaderamente insoportables. Todo se vuelve más intenso, más poderoso. Mis manos cálidas recorren su figura, deteniéndose dolorosamente al límite del pecado, como dos caballos briosos detenidos de manera súbita por las riendas en pleno galope. Mis labios vacilan, temerosos de perder la cordura de un beso romántico, mientras cierro con fuerza mis ojos, tratando de mantener fuera de ellos esa roja bruma que comienza a nublarme la vista. Mi cuerpo completo se estremece al compás de mi pobre corazón agobiado que cada momento late más veloz, mientras trato de mantener el gobierno sobre mi mismo. Mi mente se pierde... Se pierde bajo el poder aplastante de aquella otra mente, de esa esencia que impregna mis sentidos. Mi cordura completa es reemplazada por Ella, y por nada más que Ella. Mis músculos tensos aúllan con desesperación, y junto a mi corazón prisionero, claman a mi temple la capitulación. Mas triunfa la calma serena y el juego de tensión es llevado a una breve tregua, en la cual mi ser entero suspira con resignada derrota.

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